Así es, y por favor dile a la jefa que cuando baje al patio se traiga la pelota, ¡igual te llevas una sorpresa! Porque jugar funciona y, aunque no te lo creas, genera cambios. Cambios en los comportamientos, en los procesos y sobre todo en las actitudes de los que participan. ¡Ah!, ¿pero por qué funciona? Existen muchas explicaciones que lo desarrollan desde diferentes perspectivas, pero hay una en la que convergen todas, es simple y muy sencilla: ¡jugar es divertido! Y estamos programados para esa búsqueda. No hay más. “¡Se me ha pasado el tiempo volando…!”, “¿podemos jugar otra vez…?, “¿echamos la revancha?” Está claro que divertirse es la clave . Si nos paramos un momento a pensar, para jugar somos capaces de aprender mecánicas y reglas que pueden llegar a ser muy complejas , y lo hacemos con relativo poco esfuerzo, motivados y con ganas de empezar. En ocasiones, hasta practicamos para jugar mejor y mejorar nuestra experiencia. La calve está simplemente en dive...
Hoy tengo ganas de batirme en duelo con mi compañero, puede que de negociar un buen saco de provisiones con mi vecino, a lo mejor voy a ganarle una carrera a mi hermano, o mejor… ¡creo que es un gran día para convertirme en el rey de la montaña! ¡Ah! Pero, ¿por qué me apetecen estas cosas?, si es mucho mejor quedarme delante de la pantalla…, si estoy bien así… ¡Para qué voy a levantarme a regatear por nada, si tengo la pizza ya en la mano! ¿Alguien me puede explicar por qué me pasa esto? La verdad es que para llevar a cabo cualquiera de estas proezas necesitamos una buena motivación . De hecho, las motivaciones son el motor de casi todo, son lo que nos lleva en una dirección u otra, lo que nos saca de nuestra zona de confort. Y claro, cuando hablamos de motivaciones, hablamos de necesidades . Son estas las que nos hacen ir a trabajar o de aperitivo con los colegas, ponernos a leer un libro o machacarnos en el gimnasio. No organizo una fiesta si no es porque tengo unas necesi...